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CIRCUITO CERRADO

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Todo empieza donde termina (y viceversa) .   (Otis de Raventós i Perogrull).             Partiendo de sí mismo y haciendo transbordo de unos ojos a otros como el testigo en una carrera de relevos,   Jorge Luis inició un viaje por la realidad a bordo de miradas ajenas, en busca de alguna certeza. Curiosamente, su primera montura fue una mirada con vocación de tacto, la que un hombre posaba con disimulo en la prometedora cuevecilla entre los muslos de una joven que leía en el metro sentada frente a él.   Tras el salto a la mirada de ella (la del hombre no conseguía ir más allá),  Jorge Luis compartió sus deseos de abofetear a un mocoso que reclamaba, el muy idiota,   el teléfono móvil de mamá,   perturbando con sus lloriqueos el sosiego de todo el vagón. A bordo de las miradas de madre e hijo, cargadas de reproches mutuos, llegó al parque donde cambió a la del vendedor de alpiste pa...

EL FÉRETRO DEL EMPERADOR

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EL FÉRETRO DEL EMPERADOR I Cuando, allá en su ilusa juventud, Elvis de Dios Oblitas   se matriculó en la Facultad de Arqueología,   soñaba consigo mismo abriéndose paso en la espesura, machete en mano,   en busca de civilizaciones engullidas por la jungla y el tiempo, o,   enfundado en bombachos y salacot, desenterrando tesoros funerarios de antiguos faraones. Al regreso de sus viajes, el mundo se rendiría a sus pies: honoris causa, conferencias, hijo predilecto, cocteles en palacio y las más bellas damas suspirando por el cipote del irresistible explorador. Carter, Bingham, Schliemann...esos nombres pesaban mucho en sus fantasías.   Treinta años después, el globo se había desinflado en la monotonía de la docencia universitaria,   apenas aliviada por algún trabajillo de campo desempolvando y catalogando pálidos restos de cerámica primitiva. Esos paréntesis al aire libre   eran lo más excitante que le había deparado una carrera de la que ...

CANTATA DEL PROMOTOR INMOBILIARIO (desde lo abstracto a don Concreto)

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La ciudad, como el océano en sus mareas, se despliega y se contrae, arrastrando en sus   pleamares y reflujos   el saldo bancario del promotor.   No tiene el promotor aura de santo (si se sustancia en cocaína —que yo no digo que—   es para compensar la carga del adjetivo “inmobiliario”,   que tiende a la gravedad telúrica y a la redundancia de una letanía; si en whisky —tan propicio en la celebración   como en el naufragio— es por asimilar con mayor aplomo los recodos de un camino minado de boletines oficiales), ni de mártir del reciclaje de la basura doméstica. El promotor inmobiliario va a misa los Domingos (lo cual resulta del todo inútil pues modernamente se ha comprobado que la eucaristía no convalida la construcción de edificios) y solo confiesa los pecados de abajo, como si la edificación de apartamentos en la playa no fuera tanto o más grave que las cosas del pajarito. Ni siquiera dar limosna a los pobres le redimirá de culpa porque ...

EL CENICERO AMARILLO O DE LA IMPORTANCIA DEL SERVICIO DE MANTENIMIENTO DE ASCENSORES

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I             —Ay hijo, eso no, por favor, eso no… —solloza doña Ricarda mientras Oswaldo la inmoviliza en la silla con una cuerda.   Son sus últimas palabras, antes de que su boca quede sellada con cinta americana.             —Hala, calladita   abuela, y tranquila que es un momento. Le ha llamado hijo y además físicamente le recuerda un poco a su madre, pero Oswaldo es un profesional y sabe que no puede asumir riesgos, la seguridad en el trabajo es lo principal. No pensaba encontrar a nadie en pleno invierno en aquél edificio en la playa, pero nunca se sabe, en este oficio hay que lidiar con lo que sale.             La anciana gimotea tras la mordaza, mientras Oswaldo registra la casa. En los estantes del mueble un Sísifo de metal macizo cumple condena aguantando las Grandes Obras de la Literatura Universal y otros...

LOS PIGMEOS ALBINOS

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Otto Paladín,  amable y rechoncho, agente de compulsaciones y legitimaciones, sin nada que cotejar  a esas horas de la tarde,  se encontraba desespinando unos filetes de halibut, cuando llamaron a su puerta. Era el sabio Barnabás, Tomislav Barnabás, practicante de profesión y químico diletante,  hombre alargado, enjuto, solitario  y circunspecto como un cadáver, cuyas habilidades con la jeringa y la síntesis de alcaloides le habían granjeado el  respeto distante de la población de Morguesa, un diploma honorífico del Gremio de Ganaderos (por su exquisito trato con las reses) y un estado general de estupefacción que podía confundirse con la gnosis trascendental. Venía don Tomislav con el propósito de obtener un certificado, a efectos de patente de producto, para una harinilla de centeno levemente cornezuelada que había elaborado en su laboratorio casero.  —¡Faltaría más, hombre! Llega usted en el mejor momento —exclamó el funcionario de cotej...

LA LUZ ROJA

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I             Quizá solo fuera un fallo, una simple avería eléctrica, pero, ¿y si se trataba de una prueba? La cola continuaba creciendo, ya doblaba la esquina de la avenida y abandonaba la ciudad camino de las montañas. Avería, sabotaje u operación deliberada de las instancias superiores, ¿cómo saberlo? Lo que se necesitaba ahora eran instrucciones (un pueblo puede soportar casi cualquier cosa si tiene instrucciones aunque a veces su sentido se nos escape —los designios de los líderes pueden ser inescrutables—), directrices que evitaran la incertidumbre, la parálisis y  el caos.             La gente que llegaba camino de su casa, de la oficina, de misa de ocho o de la papelería de comprar un sacapuntas,  quedaba atrapada en la cola como las cañas bajo el puente. Bueno no, así no: las cañas que arrastra la crecida  se amontonan promiscuas bajo los ojos ...

ASÍ HABLÓ ZARRAPASTRO

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Me llamo Zarrapastro. Como podrán comprobar por  mi elongación craneal, soy un  transhombre, es decir que ya he cruzado el abismo y dejado atrás esas actividades redundantes a las que usted,  hombre corriente,  dedica su tiempo. Pero como me aburro un poco,  me gusta  mirarles allá abajo  trajinando con sus cosas, enzarzados en sus guerras y en sus cochinadas o  ramoneando hierbecillas  entre los áridos riscos para sobrevivir cada día. Pobres, es conmovedora esa lucha diaria por sacar la cabecita del lodo para respirar. A mí me distrae mucho contemplarles  e incluso, por qué no decirlo, en algunos momentos hasta he sentido un puntito de envidia. Pero aunque les cueste creerlo dada mi condición superior, ahora mismo me siento inquieto, molesto a decir verdad.  ¿Por qué?, se preguntarán. Pues  verán, la imperfección puede ser aceptable para ustedes que viven en ella, pero no para mí. No puedo soportar el desorden, el err...